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Manifiesto fundacional de LAS PROVINCIAS (Continuación)
VI Pero, ¿Cuál será nuestro criterio para tratar de la cosa pública? ¿De qué modo entendemos cuáles son las necesidades del país en materias políticas, administrativas, económicas y financieras? Nuestro criterio es el modesto criterio del sentido práctico. En la anterior legislatura -permítasenos este recuerdo- discutíanse en el Congreso con el acostumbrado calor graves cuestiones de presupuestos. El Gobierno no accedía a nada de lo que solicitaba la oposición; ésta no aprobaba nada de lo que proponía el Gobierno. En tal situación que es crónica en nuestro parlamento, olvidóse sin duda de su papel un elocuente ministro, y exclamó: ¡Ah! Si los señores de enfrente pudiesen encerrarse conmigo sin testigos por unas cuantas horas, dejándonos aquí nuestros antecedentes políticos ¡cuán pronto estaríamos todos de acuerdo! Pues bien: ese criterio desinteresado y recto, que pondría de acuerdo, no en todos los puntos controvertibles de la política, pero sí en los que más directamente afectan al país, a los hombres de buena voluntad de todos los partidos, si prescindiesen por un momento de sus compromisos y preocupaciones, ese criterio es el nuestro. VII Ya hemos dicho que no venimos a hacer política. Sin renunciar a nuestras particulares convicciones aquellos de nosotros que hemos dado a conocer nuestras ideas, creemos llegado el momento de apartarnos en esta publicación de las parcialidades militantes para atender a intereses de otro orden seriamente amenazados. Pero como en el debate de los asuntos públicos es imposible prescindir por completo de los principios políticos, vamos a decir cuáles son las aspiraciones que en esta materia van a ser la norma de nuestro periódico. Queremos que el trono, símbolo tradicional de la unidad patria, se conserve levantado sobre todos los partidos constitucionales, aprovechando en ocasión oportuna los servicios que cada uno de ellos puede prestar a la nación. Queremos que las Cortes sean verdadera representación del país, y que de ellas reciban su fuerza gobiernos de larga y vigorosa vida. Queremos que los derechos individuales estén firmemente garantizados y sean escrupulosamente respetados. Queremos que el principio de autoridad recobre el prestigio que ha perdido; que la ley sea el Arca Santa ante la cual se posterguen gobernantes y gobernados, y que la conciencia, algo amortiguada, de los derechos y de los deberes sea para todos suprema norma de conducta. Lográramos todo eso, mejoráranse y purificáranse las costumbres políticas, y no nos asustarían los teóricos que quieren hacernos avanzar más y más en materias de libertades públicas, ni los que se empeñan en que retrocedamos. La política, en su aplicación práctica, es arte de circunstancias; y como éstas pueden exigir provechosas variaciones en el giro que se dé a la gobernación del país, es necesario conceder que todos los partidos legales pueden prestar grandes servicios al país. Lo que nosotros queremos, lo que nuestra trabajada patria necesita, es que los cambios políticos no se repitan cada seis meses, y que sea la opinión pública, legalmente expresada, no una intriga palaciega, un tumulto en las plazas, o una sedición en los cuarteles, la que determine esos cambios.
Ha dicho con razón un consumado publicista, que en España la administración es esclava de la política. Pues bien; la gran necesidad del día es emancipar a esa esclava. Una buena ley de empleados, escrupulosamente cumplida, produciría mayores bienes que todas las reformas políticas por las que los partidos combaten. Hasta que no se cierra herméticamente las puertas de las oficinas a las bastardas influencias de partido, España no estará bien administrada. No sólo hay que dar independencia a la administración: hay que descentralizarla, prestando mayor vida a las provincias y a los pueblos, sujetos hoy a la absorción burocrática de Madrid, y hay que simplificarla, arrancando ruedas inútiles que la complican, y facilitando el despacho de todos los asuntos. Nada de esto se hace, porque no lo deja hacer la política, y por eso nosotros pedimos la subordinación de las cuestiones políticas a las reformas que reclama la nación entera. IX Más grave y trascendental que la cuestión administrativa es la rentística y económica. La actual situación de nuestra hacienda es de todo punto insostenible. Vamos a la bancarrota, y preciso es evitarla a toda costa, variando el rumbo. Hay que hacer una gran reforma en el sistema tributario, y una gran reducción en los gastos públicos. Como venimos a representar a los contribuyentes, este será el predilecto objeto de nuestros trabajos. Si nuestra pacífica tarea consintiese un grito de guerra, ese grito sería "Reformas y economías". A las reformas financieras queremos que acompañen las económicas. España atraviesa una crisis gravísima: comprometido el crédito, paralizada la industria, sin salida la producción agrícola, muriendo de inanición el comercio, se ha llegado a temer la inminencia de alguno de esos cataclismos sociales que suele provocar la pasión política cuando encuentra coyuntura para apoderarse del malestar de las masas. Acudimos, pues, a la más urgente necesidad del momento, llamando hacia el estudio de esa clase de cuestiones la distraída atención de un público ya cansado de todo. X No nos hará olvidar, empero, la prosperidad material de nuestra patria, por la que constantemente trabajamos, los sagrados intereses que en un orden superior afectan a la humanidad. El adelanto intelectual y el mejoramiento moral de nuestro pueblo tendrá en nosotros humildes pero fervientes apóstoles. Sin participar de la opinión de los que calumnian a nuestro siglo, suponiéndole más pervertido que todos los anteriores, y reconociendo por el contrario sus legítimos progresos, creemos, sin embargo, que produce funestos males el entibiamiento de la fe religiosa, relajando los vínculos morales, sin los cuales no pueden vivir y prosperar las familias y las naciones. No hay civilización verdadera sin creencias arraigadas y severos sentimientos morales. Por eso cuanto contribuya a hacer a todas las clases religiosas, morigeradas, instruidas y cultas, es preferible, para nosotros, aun en las columnas de la prensa, a las luchas estériles de las banderías militantes. Las ideas religiosas, apartadas como las queremos de todo interés político, merecerán siempre nuestro respeto y veneración. Nuestra pluma no es bastante autorizada para defenderlas, ni es esa nuestra misión; pero en todas las cuestiones sociales sabremos apreciar los principios religiosos que en ellas suelen estar involucrados. Los sentimientos morales serán para nosotros igualmente sagrados, y nunca permitiremos que aparezcan en nuestras columnas, ni aún en la parte destinada a amenizar el periódico, una sola palabra que pueda parecer peligrosa o inconveniente, en una publicación que aspira a entrar, como un amigo de confianza, en el seno de las familias. Trabajaremos, en fin, por la propaganda de la instrucción y la cultura, no sólo discurriendo sobre los medios de extenderlas y encaminarlas a buen fin, sino también dando mayor lugar del que suelen conceder los diarios políticos, a la literatura y las artes, divinas y amables civilizadoras de los pueblos. XI He ahí el programa de nuestros propósitos. Realizarlo dignamente es empresa superior a nuestras fuerzas, y como a lo que ellas alcancen queremos limitar nuestro trabajo, los dedicaremos en primer lugar a la protección y defensa de los intereses colectivos y particulares de las provincias valencianas. Valencia tiene desgracia en las altas regiones gubernamentales. Mientras otras provincias miran prevenidas sus aspiraciones con vigilante solicitud, Valencia hace infructuosos esfuerzos para obtener lo que de justicia se le debe, y fácil nos fuera presentar ejemplos de la ineficacia de sus fundadísimas reclamaciones. De todos esos agravios, presentes o futuros, venimos a pedir justicia un día y otro y otro, al distraído Gobierno; y después de pedir justicia, pediremos lo que todo poder político debe a los intereses del país, pediremos la protección y el fomento, de que tan necesitada está en muchos ramos la riqueza pública en general y muy especialmente la de nuestras desatendidas provincias. XII Por ello solicitamos,
y en gran parte hemos obtenido ya, la cooperación de todos los
buenos patricios que deseen la felicidad de Valencia. Esta obra de unión,
si llegamos a realizarla, será el satisfactorio premio de todos
nuestros esfuerzos. ¡Ojalá pudiéramos contribuir nosotros a tan lisonjero resultado! Para alcanzarlo estamos dispuestos a hacer todo lo que de nosotros dependa, comenzando por renunciar al monopolio en la realización de nuestro pensamiento. No queremos ser los únicos abogados de Valencia, no; levantamos una tribuna a donde puedan subir a defenderla los que son más dignos que nosotros de este honor. No cabe ningún exclusivismo en nuestro propósito; pero -porque en ella tenemos más fe- nos dirigimos especialmente a la juventud. Jóvenes todavía nosotros, nos ha convencido la experiencia, propia y ajena, de la ineficacia para el bien de los partidos, tal y como están en el día divididos y soliviantados; y venimos a impulsar en valencia ese movimiento que principia a sentirse en todos los ámbitos del país, y que es una protesta de la razón y del patriotismo contra la exageración del espíritu de bandería. Buscamos, pues, nuestros secuaces entre los que están libres de las preocupaciones y los compromisos de los viejos partidos, sin rechazar empero, en los asuntos no políticos que va a ocuparnos casi exclusivamente, la cooperación de los que de buena fe militan en las antiguas parcialidades. Fundamos, en conclusión, un periódico para todos los buenos valencianos; sus columnas les ofrecen lugar para el decoroso debate de los intereses públicos: la gloria de los resultados que pueda obtener nuestra empresa será de los que se dignen acudir a nuestro bien intencionado llamamiento. Valencia, enero de
1866. Imprenta de José Domenech |
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